Cuando pensamos en Dario Argento imaginamos un hilo de sangre que tiñe el suelo, una navaja afilada que se mueve al ritmo de unas manos enguantadas y un grito que corta el silencio de la noche. Rojo Profundo es una de sus obras más estilizadas, el paradigma de su estilo y la quintaesencia del giallo, un subgénero nacido de la tradición italiana de novelas populares de misterio y crimen que combina la investigación detectivesca con el terror, los asesinos de identidad oculta y una violencia estilizada en la que la puesta en escena es tan importante como el enigma que articula la historia. En esta película, Argento lleva los códigos del género a una de sus expresiones más sofisticadas.
La historia de Rojo Profundo sigue a Marcus Daly (David Hemmings), un pianista británico afincado en Roma que presencia el brutal asesinato de una médium y se involucra en una investigación que pronto lo arrastra a una espiral de muertes, pistas engañosas y secretos enterrados en el pasado. Mientras intenta reconstruir lo ocurrido junto a la periodista Gianna Brezzi (Daria Nicolodi), Marcus descubre que la clave del misterio podría estar en un detalle que vio aquella noche, pero que es incapaz de recordar con claridad. El guion funciona mejor como un dispositivo para crear suspenso que como una construcción dramática rigurosa.
Argento se arroja por completo a la puesta en escena; cada plano tiene una composición cuidada hasta el más mínimo detalle y en ese ejercicio la película encuentra una identidad visual y sonora extraordinaria. Los encuadres, los movimientos de cámara, el uso del color, los juegos de luces y la banda sonora logran una armonía impecable. La mayor virtud del filme es también su mayor falla: Rojo Profundo es pura técnica y el director prioriza la forma por encima de la lógica narrativa. Nos quedamos con un filme de género efectivo en la creación de una atmósfera de suspenso, pero que tropieza a nivel narrativo.
Un elemento importante de la identidad de Rojo Profundo reside en su banda sonora. Los acordes de su tema central son de los más emblemáticos del cine de terror. La combinación de la banda de rock progresivo italiana Goblin y el compositor de jazz Giorgio Gaslini le imprime al filme una identidad sonora única. La melodía que oscila entre lo infantil y lo siniestro aumenta el suspenso y resulta inquietante. Argento convierte la violencia en una experiencia sensorial y en ese proceso crea alguna de las estampas más icónicas del cine de terror, como la secuencia final en el ascensor.
Con Rojo Profundo, Argento sentó las bases definitivas de su estilo y también estableció los pilares del giallo. Los ecos de este filme siguen resonando hoy y su influencia en cientos de cineastas es innegable. Su maestría técnica no se cuestiona y su efectividad para construir suspenso es evidente en cada plano. Pero esa misma obsesión por la forma deja en un segundo plano la solidez del relato. Es una película que se recuerda más por lo que nos hace sentir que por lo que nos cuenta, y quizás ahí radica su grandeza y su límite.




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