En El Ser Querido, el desierto es el escenario de la película que ruedan los protagonistas y también un reflejo de la aridez emocional que los separa. Rodrigo Sorogoyen usa el metacine para construir un drama familiar centrado en la relación rota entre un padre y su hija: él es un director de cine de éxito; ella, una actriz que no ha encontrado su camino. A partir de ese conflicto, la película se alimenta de los demonios de cada uno y logra una tensión dramática muy potente.
La primera vez que vemos a Esteban (Javier Bardem) y a Emilia (Victoria Luengo), la cámara se acerca hasta un primer plano asfixiante. Antes de conocer su pasado, e incluso antes de que hablen, ya sentimos su incomodidad. Están muy cerca el uno del otro, pero los separa un abismo emocional. Mientras la conversación avanza, la situación se vuelve cada vez más tensa e incómoda, y Sorogoyen nos prepara para lo que viene. Esteban explica el motivo de la cita inesperada y Emilia, llena de dudas, acepta una propuesta que tampoco esperaba.
La película gira en torno al abandono y a unas heridas que el tiempo agrava en lugar de curar. El desierto es más que un escenario exótico: funciona como espejo del aislamiento de Esteban y Emilia. La película de Esteban se ambienta en el Sáhara español de los años treinta y trata del abandono de ese territorio por parte de España, un paralelo directo con la relación entre padre e hija. Cuando entramos en el accidentado rodaje, vemos a un director despótico, obsesionado con el control. Desde la perspectiva de la hija, ahora protagonista, es también un padre manipulador que intenta imponer su versión de la historia que comparten.
Las interpretaciones de Bardem y Luengo son sobresalientes y dan a la película una gran fuerza. Sus capas invitan a un análisis más profundo: una hija marcada por el abandono, un padre que no encuentra redención y el paso del tiempo como fuerza que lo erosiona todo. La fotografía de Alejandro de Pablo, colaborador habitual de Sorogoyen, es excepcional y cada plano está cuidado al detalle. La música de Olivier Arson, también del círculo de Sorogoyen, refuerza el relato y acompaña bien las emociones de los personajes.
Con El Ser Querido, Rodrigo Sorogoyen confirma que es uno de los directores más audaces del cine actual. Parte de un drama familiar y lo convierte en una historia de ritmo intenso, con la tensión propia de un thriller. Su apuesta por el metacine funciona porque nunca se queda en el truco: el rodaje en el desierto sirve para mostrar lo que padre e hija no pueden decirse de frente. Es una película incómoda por momentos, pero esa incomodidad es parte de su fuerza. Sorogoyen vuelve a demostrar que sabe sacar de la intimidad de una familia una tensión que atrapa hasta el final.




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