Puntuación: 5 de 5.

“Presiento un final inminente, como si nuestra relevancia se desvaneciera con cada momento que pasa.”

Anghba acecha su presa, controla su respiración; su flecha está lista para perforar al desprevenido jabalí. El ruido de una embarcación que surca el río interrumpe el ritual, la flecha nunca alza vuelo y el jabalí se pierde en la selva. Premonición absoluta en esta secuencia de apertura de Angh. El primer largometraje de Theja Rio es una expansión de su cortometraje homónimo del año 2021. El director nos cuenta una historia que nos habla del tiempo como antagonista y de la extinción lenta, casi imperceptible.

Estamos en un remoto poblado konyak de Nagaland, cerca de la frontera entre India y Birmania. Comienza la década de los 60, y ese poblado está prácticamente abandonado. Anghba es el último jefe que queda, pero ya no tiene un pueblo al cual guiar: solo su esposa y su hijo lo acompañan, últimos bastiones de una sociedad que se desvanece con ellos. La llegada de un misionero estadounidense es el golpe final: si el tiempo ya venía apuntando contra las costumbres ancestrales konyak, la modernidad es la flecha que por fin encuentra su blanco.

Angh construye su discurso desde el silencio. La fotografía de Adam Pietkiewicz logra algo poco común: hacer visible el paso del tiempo en cada fotograma. Rodada en 16 mm, la textura del celuloide deja de ser un recurso estético y se convierte en una herramienta narrativa más, casi un personaje en sí misma. Esa textura difumina la línea entre ficción y documental, y le da a la imagen algo de recuerdo, de época ya perdida, no una reconstrucción de los años 60, sino un eco de ellos. No es casual: Theja Rio buscó capturar la esencia del material de archivo filmado por los primeros misioneros estadounidenses en las comunidades de Nagaland durante los años 50 y 60, y esa referencia se filtra en cada plano.

La idea de presenciar la vida misma, más que representarla, se refuerza con la selección del elenco. Rio construye su película casi en su totalidad con actores no profesionales, oriundos de las mismas comunidades konyak que el filme retrata. No vemos actores ficcionando un choque cultural: presenciamos a personas que son, ellas mismas, herencia viva de ese choque. La frontera entre relato y testimonio vuelve a desdibujarse, como ya lo hacía la textura del 16 mm.

Angh habla de extinción de una manera muy particular: hay una fuerza que se impone y una cultura que termina aplastada, pero no hay violencia física de por medio. Es una violencia silenciosa que se filtra poco a poco y erosiona todo desde adentro. Es el hijo que se deja seducir por lo nuevo y se aleja de su padre. Es la voz de un jefe que ya no es relevante, y que clama al vacío.

Angh cierra con el mismo silencio desde el que construyó todo su relato, un silencio que dice más de lo que cualquier diálogo podría decir. La flecha que Anghba nunca llegó a disparar ahora apunta contra él, y esta vez encuentra su blanco: su premonición se cumple; el miedo a desvanecerse sin dejar rastro se hace realidad. Pero donde el personaje fracasa, la película se impone. Angh es, en sí misma, el rastro que Anghba temía no dejar: un testamento visual que convierte cada metáfora en un gesto de memoria y orgullo, la prueba de que ese pueblo, aunque desaparezca de la pantalla, no desaparece del todo.