Puntuación: 4 de 5.

Carnaval de Almas fue el único largometraje de ficción que dirigió Herk Harvey. Sin grandes estrellas, un presupuesto modesto y recursos limitados, Harvey construyó una película que se convirtió en una obra fundamental del cine de terror. Durante su estreno en 1962, la recepción fue tímida y solo con el tiempo la película sería valorada como una pieza de referencia.  Harvey logró una propuesta que rompió el molde de los filmes de terror de la época y se adelantó a su tiempo explorando el terror psicológico como catalizador de su historia.

Mary Henry (Candace Hilligoss) sobrevive a un brutal accidente y, buscando rehacer su vida, acepta un trabajo en una iglesia lejos de su ciudad. Su vida se convierte en un infierno cuando comienza a experimentar situaciones extrañas y a tener visiones perturbadoras. Una figura misteriosa comienza a perseguirla y Mary se va desconectando de la realidad y comienza a descender en una pesadilla sin fin. El guion de John Clifford y Herk Harvey nos hace encontrar el terror en la sensación de estar vivo, pero sentirse separado del mundo.

Desde la secuencia inicial, Carnaval de Almas crea una sensación de incomodidad; la atmósfera es pesada y el sentido de fatalidad se balancea fuertemente sobre ese personaje de Mary. La fotografía en blanco y negro de Maurice Prather es uno de los puntos más altos del filme y contribuye de manera fundamental a crear el ambiente de desesperación y suspenso constante que marca el ritmo narrativo. Los espacios vacíos enmarcados en ángulos inquietantes por la cámara de Prather se convierten en el recurso más efectivo para generar terror. La música de órgano de Gene Moore es el complemento perfecto para atrapar al espectador junto a la protagonista en una pesadilla desesperante.

En lugar de depender del susto calculado, de efectos espectaculares, o del horror gráfico, Carnaval de Almas se apoya en construir un ambiente escalofriante con los silencios, los planos largos e imágenes que desorientan al espectador por su ambigüedad. El mundo común nos resulta extraño; el aislamiento y la imposibilidad de conectar con los demás producen el verdadero horror. La línea entre la percepción y la realidad se desvanece y con el personaje de Mary nos adentramos en un mundo donde la frontera entre la vida y la muerte parece no existir.

Herk Harvey utiliza un pabellón de baile abandonado como uno de los elementos narrativos más importantes del filme. No solo sirve para montar su maravillosa secuencia final, sino que también representa el estado interior de la protagonista. Lo mismo ocurre con las calles desiertas y las iglesias vacías: siempre sentimos que caminamos por una dimensión sobrenatural. Las figuras fantasmales que persiguen a Mary son un presagio de la imposibilidad de escapar del destino.

Carnaval de Almas demuestra que el terror no necesita grandes recursos para perturbar. Con una puesta en escena sobria, una fotografía que convierte los espacios vacíos en amenaza y una música que nunca deja respirar, Herk Harvey logró una película que sigue inquietando porque su miedo no viene de lo que vemos, sino de lo que Mary siente: estar viva y, al mismo tiempo, estar fuera del mundo. Tardó en ser reconocida, pero hoy es una obra imprescindible del cine de terror.