Puntuación: 4 de 5.

A Fernando Eimbcke lo conocí con su primer largometraje, Temporada de Patos (2004). Una película de ritmo ágil, inteligente, entretenida y, en mi opinión, una de las mejores comedias del siglo XXI. Ahora vuelvo a juntarme con el mexicano en su nueva propuesta Moscas. La conexión es diferente, ahora Eimbcke arranca en una marcha más lenta y nos arrastra hasta un drama que nos perfora lentamente. Podemos encontrar rastros de ese humor afilado que ya es marca registrada, pero la esencia aquí es otra. El director nos propone un drama contemplativo que reflexiona sobre la soledad, el duelo y las conexiones humanas.

Olga (Teresita Sánchez) vive sola en su apartamento; sus días los llena la monotonía. Frente a su edificio hay un hospital y los familiares de los pacientes por lo regular rentan habitaciones a los vecinos de Olga para poder estar cerca de sus seres queridos. Un evento inesperado obliga a Olga a rentar una habitación en su casa y a trastornar su rutina. Con el nuevo inquilino llega una sorpresa que se convierte en un punto de giro para Olga. Una conexión improbable surge entre Cristian (Bastian Escobar), un niño de 9 años, y Olga.

Moscas se construye desde el minimalismo; su puesta en escena se centra en los pequeños detalles, los gestos, los silencios y las situaciones cotidianas para construir un relato potente. La fotografía en blanco y negro refuerza el concepto de austeridad para encontrar la fuerza expresiva en sus personajes. Cada diálogo emerge en el momento perfecto, con cada palabra vamos descubriendo detalles vitales de Olga y de Cristian que nos acercan más a ellos con una empatía absoluta. Sin saberlo, ambos tienen algo en común y eso los va uniendo cada vez más.

Eimbcke utiliza los conflictos emocionales de sus personajes para construir un drama complejo que nos habla del duelo y la ausencia. Cada uno enfrenta su situación de manera diferente: Olga reprime sus emociones y se refugia en la rutina, mientras Cristian encuentra en la inocencia y en su obsesión por el videojuego Space Defenders una forma de escape. En medio de este proceso, el director encuentra espacio para el humor, no como un desahogo narrativo, sino como un elemento que fluye con naturalidad dentro del drama que viven los personajes. El videojuego Space Defenders ocupa un lugar importante dentro de la narración. Lo que inicialmente parece una obsesión más de Cristian termina adquiriendo un significado que trasciende el juego y se integra de manera orgánica en la relación que comienza a construir con Olga. Eimbcke utiliza este elemento con inteligencia, convirtiéndolo en una pieza clave del relato y demostrando cómo un detalle aparentemente cotidiano puede esconder una carga emocional mucho más profunda.

Uno de los grandes aciertos del cine de Eimbcke es su capacidad para integrar la tragedia y la comedia sin que ninguna termine por imponerse sobre la otra. En Moscas, lo consigue una vez más, con una sensibilidad que nos recuerda que, a veces, las conexiones más inesperadas son las que nos permiten enfrentar nuestras propias ausencias.