Puntuación: 4 de 5.

Warner Bros. había construido un nicho sólido alrededor del cine de gánsteres. James Cagney fue pieza fundamental para que el género cobrara notoriedad: títulos como The Public Enemy (1931) y Angels with Dirty Faces (1938) fueron pilares que sostuvieron a la legendaria productora a lo largo de esa década. Con Los Violentos Años Veinte, Raoul Walsh compuso un filme que funciona como el cierre de un ciclo para el cine de gánsteres clásico, un género que en la década siguiente derivaría hacia un tono más oscuro y cínico: el cine negro.

James Cagney interpreta a Eddie Bartlett, un veterano de la Primera Guerra Mundial que regresa a casa con la esperanza de un nuevo comienzo. Sin embargo, pronto choca con una realidad hostil: la sociedad no tiene espacio para él, la crisis económica golpea con fuerza, la Prohibición ha transformado el mercado del alcohol en terreno vedado y las oportunidades de trabajo escasean. El submundo criminal termina por presentarse como su única salida, y no tarda en reencontrarse con sus viejos compañeros de trinchera, entre ellos George Hally (Humphrey Bogart). Así, la travesía de Eddie Bartlett se convierte en el vehículo narrativo a través del cual la película retrata el destino de toda una nación en unos años decisivos.

Dentro de su género, el filme funciona de manera sólida. Los personajes están bien definidos y sus arcos dramáticos se desarrollan con eficacia, aunque inevitablemente constreñidos por la censura del Código Hays. El ritmo es ágil y las secuencias de acción están ejecutadas con precisión; Walsh logra un equilibrio acertado entre el drama y la acción. Quizás el punto más débil del filme sea el uso de la voz en off para construir las transiciones que nos llevan a través de distintas épocas y momentos clave de la sociedad estadounidense: su presencia, aunque funcional, rompe un poco la dinámica narrativa del filme.

La dinámica de Cagney y Bogart es de lo mejor de la película y es lo que sostiene en gran parte a Los Violentos Años Veinte. Dos estrellas en momentos diferentes de sus carreras, Cagney ya estaba consagrado y Bogart estaba a la puerta de convertirse en un ícono del cine. Walsh entendió que tenía entre manos no solo una historia de gánsteres, sino un réquiem para una época y para un tipo de héroe trágico que el propio Hollywood había ayudado a construir. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial a la vuelta de la esquina, el filme cierra con acierto el capítulo del gánster como símbolo del sueño americano corrompido, dejando el terreno preparado para que el cine negro tomara el relevo en la siguiente década.