Puntuación: 4 de 5.

“Cuando uno es joven y se enamora, el amor parece perfecto. La amistad, en cambio, es un lazo mucho más complejo que el amor.”

Anclado en la premisa de un coming of age, Benjamín Naishtat construye en Glaxo una historia que comienza desde un territorio aparentemente familiar: la juventud, la amistad y ese primer amor que nace con la intensidad propia de una etapa en la que todo parece definitivo. Desde la ingenuidad, sus personajes tienen la sensación de que esos vínculos podrían permanecer intactos frente al paso del tiempo. Pero este es solo el punto de partida para meternos en un terreno más complicado y espinoso; nos habla del trauma generacional y de heridas que no sanan.

Basándose en la novela homónima de Hernán Ronsino, el director construye un guion que nos habla sobre la memoria, la traición y el trauma colectivo. Glaxo recorre con una fluidez narrativa sorprendente varias décadas de la sociedad argentina. Desde los ojos del Flaco, Miguelito, Lucio y Bicho, no solo vemos a cuatro adolescentes que brotan a la adultez, sino que vemos eventos que marcaron de manera definitiva a todo un país. La convulsión de la pubertad coincide con estallidos sociales, guerra, represión y brutalidad militar. Con ese trasfondo se estructura una historia no lineal que se viste de suspenso y ancla toda su fuerza en un secreto que por momentos funciona como un MacGuffin que nos transporta por las diferentes épocas.

De entrada, Flaco (Esteban Bigliardi) nos dice que esto es una historia de una traición. Se convierte en nuestro narrador e hilo conductor. La fuerza que imprime Bigliardi a su personaje es uno de los puntos más altos del filme. Su Vardeman domina cada escena, con sus diálogos y con su lenguaje corporal. Sus silencios son potentes y en los primeros planos nos enseñan un alma estrujada por el tiempo y el engaño. Lo que propone el director con el arco de este personaje hace que el filme trascienda el drama y el thriller para acercarlo a una reflexión existencial. Esa imposibilidad de desprenderse del pasado es donde el personaje encuentra su verdadera dimensión. Flaco no es solamente alguien que recuerda una traición; es alguien que ha quedado atrapado dentro de ella.

En Glaxo, esa herida que no cierra se convierte en la analogía perfecta para el trauma colectivo de un país. Naishtat convierte entonces ese recuerdo en una presencia permanente que va contaminando el presente, haciendo que cada fragmento de la historia adquiera un peso distinto a medida que vamos entendiendo lo que realmente está en juego. El dolor individual termina así reflejando un dolor mucho más amplio, uno que pertenece a una sociedad que tampoco ha conseguido cerrar sus propias heridas. El pasado permanece vivo porque, en el fondo, nunca ha dejado de formar parte del presente.