Siempre es interesante cuando una historia nos presenta a un protagonista con cierta discapacidad física, pero con un talento excepcional que, por lo regular, se aprovecha para alguna actividad ilícita. Recordamos a Ricardo Darín en El Aura (2005) y sus ataques de epilepsia, pero con una inteligencia fuera de serie para planificar, la cual usa para estructurar el robo perfecto. En The Lookout (2007), Joseph Gordon-Levitt interpreta a un hombre con una lesión cerebral que termina siendo pieza clave en un complejo atraco. Podemos incluso mencionar Baby Driver (2017), donde el personaje de Ansel Elgort padece un trastorno auditivo, pero tiene una habilidad impresionante para conducir y se gana la vida transportando criminales. Es con esta última con la que más conecta Tuner por la forma en que se estructura su personaje central.
Niki (Leo Woodall) es un talentoso pianista con una prometedora carrera por delante. Un diagnóstico de hiperacusia derrumba sus sueños y trastorna su vida. Niki termina trabajando junto a un veterano pianista, Harry Horowitz (Dustin Hoffman), y juntos se dedican a afinar pianos. El impedimento auditivo de Niki se convierte también en su mayor fortaleza para su trabajo; su oído supersensible lo hace el mejor en su campo. Por pura casualidad, Niki descubre que con este talento también puede descifrar combinaciones para abrir cajas de seguridad y aquí las cosas toman un giro para lo peor.
Donde el filme de Daniel Roher se destaca es en la creación de su personaje central. El trasfondo de ese Niki lo vamos descubriendo de manera paulatina a medida que la historia avanza y cada elemento nos conecta más con su propósito y sus razones. Tuner funciona como un thriller criminal y también como un drama humano. Es en el thriller donde encuentra su mejor forma, en el drama resbala en ocasiones para hacer concesiones que empujan a la historia a los bordes del melodrama, pero sin caer de manera definitiva. Nos importan Niki y su mundo, como también nos atrapa la tensión del submundo criminal al que va entrando lentamente.
Tuner no apuesta por un gran golpe maestro; prefiere internarnos en la mente de ese Niki que lo hace de manera fabulosa, Leo Woodall. Encuentra un equilibrio entre el suspenso y el drama que sostiene la historia y la dota de buen ritmo. La premisa se desarrolla con mucha precisión y, a nivel técnico, es una película que crece con el trabajo de edición. La película nos enfrenta a las decisiones de su protagonista y sus consecuencias y nos lleva a un final bien ejecutado.




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