Podemos decir que la época dorada de Brian De Palma llegó a su cúspide entre los años 70 y los 80. Ese sello de autor quedó definido de manera completa en las obras que concibió durante esos años. Su nombre se convirtió en sinónimo inequívoco de cine con títulos como El Fantasma del Paraíso (1974), Carrie (1976), Blow Out (1981), Scarface (1983) y Los Intocables (1987). En ese mismo período firmaría una de sus obras más influyentes, Vestida para Matar (1980). Un thriller erótico con aires de Hitchcock en el que el director volcó todas sus obsesiones.
Una mujer misteriosa, un asesinato y un testigo improbable son los elementos que usa De Palma para estructurar su historia. Aquí los diálogos son un simple complemento; lo que mueve la historia es el movimiento de cámara y el montaje. Desde la secuencia inicial, el director dicta el tono y nos mete en la historia sin decir una palabra. Un manejo virtuoso con una puesta en escena estilizada y provocadora. Podemos sentir que por momentos Vestida para Matar prioriza la forma sobre el fondo, pero su poder visual es tan potente que es imposible no dejarse seducir por lo que propone su director.
Es difícil encontrar thrillers cargados de erotismo realizados con un rigor y un manejo tan meticuloso del lenguaje cinematográfico. La industria hollywoodense entregó lo mejor de ese subgénero muchas décadas atrás y ya ahora es muy raro toparse con piezas como esta. De Palma se roba algunas páginas de Vertigo (1958) y Psicosis (1960) y las recrea a su manera para encontrar una voz propia. Nos hipnotiza con el personaje de Kate Miller interpretado por Angie Dickinson; nos hace descender con ella por esa espiral de lujuria que la conduce hasta su verdugo. Luego nos deja en las manos de esa Liz Blake que interpreta Nancy Allen y que termina por convertirse en la improbable detective que tendrá que descubrir el misterioso asesinato.
Vestida para Matar funciona en múltiples niveles. En el aspecto técnico es pura maestría cinematográfica y en el plano psicológico la película permite varias lecturas que tocan el deseo y la represión sexual, los conflictos de identidad y la obsesión. Usando el suspenso y el terror psicológico, De Palma convierte al espectador en un voyerista obligado, en un cómplice en esos encuentros sexuales y en la violencia. Con la puesta en escena representa el estado psicológico de sus personajes y diluye la línea que divide la realidad de la fantasía.




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