Pon a dos parejas en una habitación y deja que la vida siga su curso. Básicamente, desde esa premisa arranca La Invitación (2026) de Olivia Wilde. Una comedia cargada de humor negro que utiliza los dilemas de la vida matrimonial como el punto de apoyo para desarrollar su discurso. A nivel narrativo, la película utiliza el concepto de la olla de presión para poner al espectador al borde del asiento. Con cada minuto que pasa sentimos que es solo cuestión de tiempo antes de que el volcán dormido haga erupción.
Con un guion de Rashida Jones y Will McCormack, Wilde adapta la película española Sentimental (2020) de Cesc Gay. Joe (Seth Rogen) y su esposa Angela (Olivia Wilde) no atraviesan el mejor momento de su matrimonio. El tiempo ha hecho mella y su relación pende de un hilo. Sin el consentimiento de su esposo, Angela ha invitado a los vecinos del piso de arriba para una noche en pareja. Piña (Penélope Cruz) y Hawk (Edward Norton) parecen la pareja perfecta ante los ojos de Angela y tenerlos en casa le resulta una idea fascinante, no así para Joe.
La Invitación se desarrolla prácticamente en una sola locación y la película convierte esto en uno de sus puntos fuertes. Ese apartamento se convierte en un personaje que interactúa con los protagonistas; no es un simple escenario, es parte de la narración. El ritmo del filme es trepidante y los afilados diálogos sirven tanto para hacernos reír como para incomodarnos con preguntas que mueven a una reflexión profunda. El cuarteto actoral logra una química perfecta y cada secuencia es un verdadero tour de force. La magnífica fotografía y la precisa edición le dan un ritmo tan ágil al filme que por momentos olvidamos que estamos confinados en ese apartamento con estos cuatro seres al borde del colapso.
La escalada continua de la tensión en este espacio limitado nos hace recordar películas como Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) de Almodóvar y Carnage (2011) de Polanski. El bombardeo de diálogos es constante, pero no sobra ni una palabra; todo suma y los actores entregan cada línea de manera perfecta. Desde las situaciones más ridículas hasta las frustraciones más tristes de esos personajes, todo encaja de manera perfecta y produce el efecto deseado. Wilde maneja la puesta en escena con total maestría y nos deja un filme impecable.
La invitación nos recuerda que la escala no importa para lograr intensidad. Desde la intimidad, Olivia Wilde construye un retrato poderoso cargado de humor bien afilado y buen ritmo.




Leave a Comment