Puntuación: 5 de 5.

Una exploración del tiempo, la memoria, el pasado y el presente es lo que hace Edmund Yeo en The Age of Goodbyes. El guion, escrito por el propio Yeo, es una adaptación de la novela homónima de la escritora malasia Li Zi Shu. El filme nos presenta varias líneas de tiempo en paralelo. Desde la historia central nos adentramos en narraciones que se entrelazan. La cronología de los eventos llega como esos recuerdos de los personajes que parecen desfigurar las fronteras entre el pasado y el presente, entre lo real y lo místico.

Kai (Liu Tzu-Chuan) atraviesa el duelo por la muerte de su madre; en ese proceso descubre un misterioso libro titulado The Age of Goodbyes. En las páginas del libro, Kai descubre a Du Li An, una mujer que vivió en la ciudad de Ipoh en 1969 en medio de los disturbios raciales que marcaron a Malasia ese año. La historia de esta enigmática mujer está marcada por el amor, la pérdida y la violencia. Mientras más se interna Kai en los relatos del libro, más parece conectar con su propia vida; la lectura se convierte en un tumultuoso viaje que altera su percepción del pasado y sacude su presente.

El director utiliza el drama como el ancla y la herramienta narrativa que lleva al espectador a una zona más poética y espiritual. Para Kai, esa Du Li An deja de ser el personaje de un relato lejano y se convierte en un espejo de su realidad. El libro funciona como un espacio de conexión entre dos tiempos. La memoria se siente más como una herencia que como un recuerdo borroso. Desde los silencios el director nos habla del duelo, de las heridas que no cierran y del amor truncado. Ese tránsito entre el pasado y el presente encuentra una representación física en los viajes a través de las cuevas, espacios que parecen funcionar como portales hacia otra dimensión de la memoria.

The Age of Goodbyes se compone de manera excepcional desde el plano narrativo. La historia nos hipnotiza con su sutileza para contar el drama humano, pero también nos golpea con fuerza en cada uno de sus giros. Yeo construye un relato donde cada pieza parece encontrar su lugar dentro de un rompecabezas que poco a poco revela nuevas dimensiones de sus personajes.

A nivel técnico, el filme nos regala una maravillosa puesta en escena donde dirección, fotografía, música y edición convergen para transformar cada secuencia en poesía en movimiento. La cámara observa con delicadeza, la música acompaña sin imponerse y la edición encuentra el ritmo necesario para que las distintas líneas temporales dialoguen entre sí. Todo parece construido para recordarnos que estamos ante una historia donde el tiempo no avanza en línea recta, sino que se mueve como lo hacen los recuerdos: apareciendo, desapareciendo y regresando cuando menos lo esperamos.