Siempre hemos escuchado hablar de la “magia del cine”, como si el ritual de entrar a una sala oscura para dejarnos llevar por las imágenes en movimiento nos indujera a un trance. Como si el director no pretendiera contar una historia, sino más bien hacernos vivir cada minuto como si fuera nuestra propia carne en esa pantalla. Tal vez cuando los Lumière y demás pioneros hicieron sus primeras proyecciones, las audiencias vivieron esa magia en su sentido más puro. Con la evolución narrativa y técnica, el cine ha encontrado muchas formas de conjurar su hechizo y mantener viva la magia. El Final de la Calle Oak (2026) es un perfecto ejemplo, una película que apela totalmente a la nostalgia de abandonarse en la butaca y dejarse llevar.
La familia Platt lleva una vida ordinaria en un suburbio norteamericano. Una noche un extraño evento cósmico traslada todo su vecindario a un mundo prehistórico. La tranquila vida cotidiana es reemplazada por la urgencia de sobrevivir en su nueva realidad. David Robert Mitchell dirige y escribe esta propuesta de aventura y fantasía que funciona como un homenaje a esos blockbusters veraniegos de los 80 y los 90. Su guion se preocupa muy poco por la coherencia y apuesta más a la tensión y a llevarnos de una situación a otra sin afianzar la lógica. El director apuesta más por una narrativa que prioriza la forma sobre la sustancia.
Si superamos la barrera de lo plausible y nos dejamos envolver por la fantasía, El Final de la Calle Oak resulta una película entretenida y muy bien ejecutada a nivel técnico. Anne Hathaway en su rol de matriarca de la familia Platt resulta muy convincente. Le toca cargar con el peso de la historia y la veterana actriz se muestra a la altura. Junto con algunos momentos donde el director logra construir secuencias cargadas de mucha tensión, el personaje de Hathaway es de lo mejor del filme. El drama familiar que subyace dentro de la frenética aventura de la familia Platt funciona de manera desigual, en ocasiones impulsa de manera correcta la historia y en otras es solo ruido.
El Final de la Calle Oak encuentra su mejor forma cuando nos empuja a lo imposible, cuando coquetea con la nostalgia y cuando apela al asombro para hacernos sentir la magia del cine. David Robert Mitchell no pretende reinventar nada; nos entrega una aventura cargada de clichés, pero que funciona porque se mantiene fiel a su premisa de llevar al espectador a un universo imposible y hacernos creer, al menos durante esa hora y cuarenta minutos, que todo puede suceder. Tal vez de eso se trata la magia del cine: de hacernos creer en lo imposible hasta que las luces vuelven a encenderse.




Leave a Comment