Las imágenes parecen estar desconectadas; estamos metidos en una especie de pesadilla que se mueve de manera errática. En Point Blank (1967) John Boorman precisa solo de una secuencia para definir el tono absoluto de su película. Estamos dentro de la mente de ese Walker que Lee Marvin interpreta de manera impecable; los recuerdos se mezclan con el presente con una fuerza que desvirtúa la realidad. Ese viaje en busca de retribución de Walker se viste con los colores de un neo-noir para regalarnos un contundente thriller psicológico.
Walker ha sido traicionado por su mejor amigo y su esposa. Todos lo creen muerto, pero nuestro protagonista reaparece y solo piensa en vengarse y recuperar el dinero que le corresponde como parte del robo que había planeado con su amigo. Desde este punto el filme emprende un viaje frenético en el cual las líneas del tiempo se fragmentan y nos meten en lo más profundo de la mente de Walker. El pulso narrativo se compone de los elementos del cine criminal, pero no de una manera tradicional. Boorman apuesta por un tono más psicológico en el que el espectador está atado por completo a la volátil mente del protagonista.
Point Blank nace de la novela The Hunter de Donald E. Westlake; fue su primera adaptación para el cine. Luego en 1999 Mel Gibson interpretó el papel central en Payback, donde la historia de Westlake vuelve a cobrar vida en la gran pantalla. Brian Helgeland fue el responsable de la versión de 1999 en la cual se reduce el tono sombrío y se agregan más acción y personajes más pintorescos. Aún cuando las dos películas desarrollan la misma idea, el acercamiento es totalmente diferente. Prefiero el matiz que Boorman le impregna a su película y la forma como construye el personaje de Lee Marvin. Gibson aporta carisma y control en la pantalla, pero Marvin trasciende porque es más complejo a nivel emocional.
Walker es un fantasma, se mueve no por la razón sino por una obsesión que lo impulsa. En Point Blank el relato criminal se mezcla con el viaje interno de un hombre que no sabe dónde se separa la realidad de la percepción, un hombre que parece atrapado en una pesadilla eterna. Es en esa ambigüedad que el filme encuentra su fuerza, entre las líneas del film noir clásico y el thriller psicológico nace una película que tiene su propio estilo, con un protagonista que se muestra inmenso en la pantalla y una historia que resuena con fuerza aún después de los créditos finales.




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