Cuando el sol caribeño de la Hispaniola quemó por primera vez la espalda de esos negros africanos, se abrió una herida. Sugar Island nos recuerda que esa llaga aún duele; más de 500 años después, los ecos de la colonización siguen resonando. Muy pocas veces el cine dominicano ha mirado de manera tan rigurosa ese pasado que no se puede sacudir. El reflejo en el espejo es muy doloroso y preferimos la evasión para que la mente viaje a otro lugar. Desde ese lugar incómodo, Johanné Gómez Terrero construye un relato contundente pintado sobre un lienzo cargado de color que hipnotiza.
Makenya (Yelidá Díaz) vive en un batey con su madre y su abuelo; esos cañaverales son los límites de su mundo. Un embarazo inesperado rompe el cordón de la adolescencia y la enfrenta a la cruda realidad de la adultez prematura que se avecina. Desde los ojos de Makenya Sugar Island nos sumerge en varios discursos, lucha social, herencia colonial, espiritualidad y drama familiar. En su primera parte sentimos que el filme quiere abarcar mucho y que esto puede debilitar su narrativa, pero luego nos damos cuenta de que todo se integra de manera sutil. La composición visual nos hechiza y, desde la simbología, la película nos hace sentir ese dolor heredado al tiempo que nuestra protagonista busca su identidad.
Con la misma fuerza con que esos machetes cortan la caña, así mismo nos pega Sugar Island con su música y sus colores. Dulce como el azúcar, pero pesada como la zafra. Al ritmo de gagá nos embarcamos en un viaje alegórico que funde la ficción con la realidad. La dinámica amo-esclavo se transforma, pero no desaparece: el capataz siempre a caballo como figura que oprime, el ciclo infinito de la pobreza que oprime y las barreras sociales imposibles de romper. El filme le exige a la audiencia participar, quedarse afuera no es una opción.
Entre la caña y el sudor, Sugar Island transforma el batey en un símbolo de resistencia, un lugar donde el pasado todavía palpita con fuerza. El yugo de esos primeros esclavos que pisaron suelo dominicano todavía pesa sobre los hombros de Makenya. Esa memoria silenciosa pasa de generación en generación y Johanné Gómez Terrero nos recuerda que la identidad dominicana se construyó con heridas que aún siguen abiertas. Disimulado entre cantos y rituales, el discurso del filme nos habla de esas cadenas invisibles que siguen apretando con fuerza.




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