Lo de Motor City del director Potsy Ponciroli no es algo nuevo en el cine. La idea de contarnos una película de acción prácticamente sin diálogos y moviendo la historia a fuerza de la puesta en escena y pasando de una secuencia de acción a otra dejando que el espectador llene los espacios en blanco es un ejercicio que tiene muchos precedentes. Pensemos en Melville con El Samurai (1967), o podemos tomar a Boorman con Point Blank estrenada el mismo año que la de Melville. Si queremos historia más reciente, podemos ver Drive (2011) de Nicolas Winding Refn. Todos, thrillers de acción donde la economía de la palabra se convierte en un denominador común.
Hay que establecer una separación entre las referencias previas y esta Motor City. La propuesta de Ponciroli se acerca más al videoclip por su montaje anclado en la música y la elección del uso constante de la cámara lenta para enfatizar la acción. Es poco lo que propone para crear una historia de trasfondo que soporte a sus personajes, pero tampoco es que este sea su objetivo. Mientras las de Melville, Boorman y Refn procuran explorar la psique de sus protagonistas, esta se debe completamente a la acción. Desde ese punto de partida, Motor City resulta efectiva, pues entrega una aventura de acción frenética que logra por momentos superar las carencias de su guion para entregar secuencias muy bien ejecutadas.
Alan Ritchson, con su imponente figura, se adapta muy bien al rol del hombre que busca venganza sin importar las consecuencias. El héroe silente, con una furia contenida lista para explotar en cualquier momento y con habilidades extraordinarias para el combate cuerpo a cuerpo o con armas. Eso nos da ese John Miller que interpreta de manera efectiva Alan Ritchson. En el nicho vacante de héroes de acción modernos, el fortachón es un candidato potable.
Motor City se ambienta en el Detroit de los años 70. Seguimos a John Miller un hombre del que conocemos muy poco pero que vemos cómo es incriminado por un poderoso gánster y un policía corrupto y es enviado a prisión. Su único objetivo es salir de la cárcel y cobrar venganza. Lo mejor del filme son las elaboradas secuencias de acción, especialmente las que construyen el clímax del filme. La más brutal llega cerca del final cuando Miller enfrenta a uno de los antagonistas centrales en un ascensor. En ese momento el director despliega lo mejor de su talento y concibe un momento no apto para corazones débiles.
Motor City busca llenar su carencia de profundidad con estilizadas y extravagantes secuencias de acción y un montaje dinámico. Alan Ritchson avanza como una fuerza incontenible y la puesta en escena toma precedencia, ante todo. La película entiende sus prioridades, pero el ejercicio no es efectivo siempre y nos deja con una obra irregular pero impactante.





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