Puntuación: 4 de 5.

Steven Spielberg es sinónimo de cine. En el Olimpo le espera un lugar para compartir con los grandes cineastas que le precedieron y que, al igual que él, fueron referencia obligada para los cinéfilos. Incluso para un cineasta de su calibre la labor que emprende en Los Fabelman (2022) resulta desafiante. Para un hombre que cambió la industria con un tiburón y unas notas musicales, que hizo que el mundo se encariñara con un extraterrestre, que nos llevó en las más alucinantes aventuras de la mano de su Indiana Jones, que salvó a miles de judíos del exterminio nazi, que salvo al soldado Ryan y que ha demostrado por más de 5 décadas que lo suyo es hacer cine, esta sigue siendo su jugada más difícil.

Ahora Spielberg se mira a sí mismo, reflexiona sobre su carrera, sus motivos, su familia y sobre el preciso momento que se prendió en él la chispa de hacer películas. En este ejercicio semi biográfico nos adentramos en un prolongado viaje que se cuenta desde los ojos de Sammy Fabelman (Gabriel LaBelle). Ese Sammy que va desde la ingenuidad de la niñez hasta los dolores que despuntan con la adultez está delineado sobre las experiencias de vida del propio director. Su madre Mitzi (Michelle Williams) y su padre Burt (Paul Dano) son las dos figuras que desde polos opuestos polarizan la vida de Sammy. Conforme pasa el tiempo el universo de nuestro protagonista se llena de figuras que lo marcan para siempre.

El Cinema Paradiso de Spielberg

Una noche en el cine y la secuencia de un tren a toda marcha colisionando con un carro cambian para siempre la vida de Sammy Fableman. Imposible para el pequeño saber que sentimientos eran aquellos, pero algo se encendió en ese preciso momento. Su padre, un hombre más inclinado a la ciencia trata de llenar esa curiosidad desde el punto de vista práctico, mientras que la madre con la vena artística prueba caminos menos ortodoxos. Una vez Sammy se encariña con las imágenes en movimiento y su creación el filme engancha en el discurso narrativo que sostendrá hasta el final.

El primer tercio de Los Fabelman se siente un poco distante. Una añoranza que se rememora desde anécdotas que son muy personales. En efecto es sobre esto que está construido el guión en el que comparten créditos Tony Kushner (Munich, Lincoln) y el mismo Spielberg. Cuando el filme avanza a su segundo acto y la pubertad comienza a brotar el ritmo se hace más tenso y lo que se cuenta cobra más importancia. El drama familiar se sobrepone al drama de ese chiquillo enamorado del cine y lo que Spielberg tiene que decir en esta parte es más contundente. Michelle Williams en su papel de Mitzi toma el centro del escenario y agradecemos cada minuto que inunda la pantalla con su magnífica interpretación.

Similar a lo que hizo Tornatore con Cinema Paradiso (1988) Spielberg logra crear una historia que inspira desde fragmentos muy personales que se entrelazan con celuloide, ilusiones de la niñez y los tormentos de la adolescencia. Bien podemos leer esta historia como una carta de amor al cine, pero también entre líneas hay un acto de expiación en el que el director se remueve espinas que han estado encarnadas por mucho tiempo.

Los Fabelman se apoya sobre la ejecución de un veterano director que domina cada fragmento de su puesta en escena y sobre dos pilares llamados John Williams y Janusz Kaminski que han librado varias batallas junto a Spielberg con su música y su lente.