Puntuación: 5 de 5.

La literatura y el cine crearon la leyenda del samurái. Ese guerrero mítico que katana en mano se eleva como un héroe casi sobrenatural. En el imaginario popular su código bushido, su honor y su valentía no se comparan con nada terrenal. Harakiri (1962) de Masaki Kobayashi rompe ese mito con la misma fuerza que una espada samurái corta la carne humana. Lejos de glorificar la figura del guerrero japonés Kobayashi, la viste de tragedia para dar una mirada crítica a esos códigos morales que la tradición ha encumbrado.

Harakiri plantea su historia en el contexto histórico del Japón de los 1600. Coincidiendo con el período Edo (1603-1868) donde el shogunato Tokugawa gobernaba. Ya no había una marcada lucha entre clanes y Japón entró en un período de estabilidad política y paz. Sin guerras ya los samuráis no eran necesarios como guerreros activos, algunos se convirtieron en administradores y vivían en los castillos de sus señores, otros se convirtieron en rónins vagando errantes sin jefe a quien servir y sin un propósito que diera significado a sus vidas.

Hanshiro Tsugumo (Tatsuya Nakadai) es un ronin que llega hasta la casa del clan Iyi solicitando permiso para cometer harakiri. Ese acto ceremonial en el cual un samurái se quita la vida para conservar su honor es el centro del dilema ético y la crítica social que propone el director Kobayashi. Mediante una serie de flashbacks vamos conociendo cada vez más a ese enigmático Tsugumo. Con el relato de nuestro protagonista Harakiri se hace cada vez más densa, cada viaje al pasado arroja luz sobre las razones de su funesta decisión, pero también nos deja ver los verdaderos motivos que lo llevaron hasta la casa Iyi.

¿La Gloria del Harakiri?

Con una fotografía excepcional que se alimenta de los primeros planos, planos de detalle y encuadres desafiantes, Harakiri nos mete en la mente del protagonista y logra una tensión bárbara de principio a fin. Kobayashi usa cada línea de diálogo y cada secuencia para plantear su crítica al Japón feudal y a la era de los samuráis. De manera precisa el director plantea una reflexión sobre esos clanes obsesionados con el honor ceremonial, haciendo especial énfasis en ese sistema que prefiere mantener las apariencias antes que desarrollar valores auténticos, y que mira con desprecio a la figura del samurái empobrecido y sin ninguna función real.

Uno de los puntos más fuertes de Harakiri es cómo su estructura narrativa va quemando a fuego lento. El filme nos ataca en el plano psicológico y nos confronta con decisiones morales difíciles. Durante sus dos primeros actos estamos ante una batalla ideológica que va escalando en magnitud hasta explotar con una fuerza salvaje en el cierre del tercer acto. La violencia cobra un tono poético cuando el atormentado samurái busca una especie de retribución destruyendo no solo el castillo físico sino también esa fortaleza moral que representa el código de honor que no es más que un ritual de hipocresía del sistema feudal.

En Harakiri, Kobayashi arranca de un tajo la idea del honor y de acto glorioso del seppuku para mostrar un lado más humano, brutal y desgarrador. Se humaniza la figura del samurái y nos muestra el lado oscuro del mito.