Puntuación: 5 de 5.

Wim Wenders tiene un don especial para plasmar el alma humana en imágenes. Días Perfectos (2023) es una poesía visual que confirma que el director alemán tiene un tacto único para escudriñar el espíritu humano. Desde lo cotidiano logra construir una historia que trasciende lo trivial de esos días de repeticiones infinitas. Viste las pausas y los silencios de elocuencia para crear un espejo en el que vemos nuestro reflejo y nos obliga a reflexionar de manera profunda.

Hirayama (Kôji Yakusho) se gana la vida limpiando baños públicos en la ciudad de Tokio. Lleva una vida simple y tranquila, la repetición es su mejor aliado, día tras día, la misma rutina. Lo vemos hacer su trabajo con gran devoción y con un afán extremo para conseguir la perfección hasta el mínimo detalle. La música y los libros son su única compañía y por momentos pensamos que nuestro protagonista se ha quedado atrapado en un tiempo pasado y que no pertenece a este tiempo ni a esa ciudad que recorre sin parar.

Son los breves encuentros de Hirayama con otros personajes los que definen la narrativa de Días Perfectos. Esas breves interacciones nos dejan descubrir más de ese enigmático hombre que parece inconmovible por el tedio de la monotonía. El mundo de Hirayama parece bastante simple, pero unos pequeños detalles nos dejan ver que hay implicaciones mayores en sus decisiones y el estilo de vida que ha elegido. Wenders no se apoya en las palabras, pero los pocos diálogos que tenemos son precisos y afilados.

Días Perfectos

El lienzo de Días Perfectos es una ciudad que no se detiene, una metrópoli viva, agitada. Sobre ese canvas Wenders nos pinta la vida de un hombre que vive bajo el mantra de: la próxima vez es la próxima vez, ahora es ahora. Que se sienta plácidamente a observar el Komorebi (palabra japonesa para el parpadeo de luces y sombras creado por las hojas que se mecen en el viento). Ese instante único solo existe una vez. Ese Hirayama que sin decir palabra alguna nos predica sobre el sentido de la vida.

Apoyado en una actuación magistral de Kôji Yakusho, una maravillosa fotografía y una banda sonora épica, Wenders convierte momentos aparentemente insignificantes en poesía. No solo observa la vida de su protagonista, sino que convierte a ese Hirayama en un espejo en el que nos miramos para descubrir que la vida no se encuentra en grandes acontecimientos sino en los detalles pequeños del instante que habitamos.