Lo de I Play Rocky no es nada nuevo en el cine. Tan reciente como el año pasado tuvimos a Richard Linklater imaginando el nacimiento de una de las obras más importantes de la historia del cine en su Nouvelle Vague (2025). De manera brillante, vimos la dramatización de Jean-Luc Godard y su proceso de filmación de À bout de souffle (1960). Si repasamos los archivos, nos vamos a encontrar con muchos filmes que cuentan la historia de cómo se hizo otra película y si ampliamos a documentales, ahí también tendremos otros tantos. La más reciente apuesta del director Peter Farrelly se aventura con una de las películas más emblemáticas del séptimo arte: Rocky.
Más que un filme, Rocky (1976) es un fenómeno cultural, una de esas obras que son más grandes que la vida misma. El camino del héroe narrado desde el tipo común, el menos favorito y el que lleva todas las de perder. Rocky no es una historia cursi, es una historia humana. El hombre que no puede contra el sistema, que no gana, que encuentra su victoria en la perseverancia, en besar la lona y levantarse, es cercano y por eso conectamos con él. Es precisamente ahí donde I Play Rocky logra su primera victoria, es una película que no persigue el heroísmo sino capturar en sus fotogramas el camino de un héroe de celuloide. El nacimiento de una de las películas más importantes de la historia es también el nacimiento de una leyenda de Hollywood, y esto el filme de Farrelly lo captura de una manera asombrosa.
Hollywood frente al espejo
Si Stallone quisiera interpretarse a sí mismo en una película, no podría lograr ni la mitad de lo que consigue Anthony Ippolito. El despliegue en pantalla del joven actor es impresionante, no imitando sino encarnando a Sylvester Stallone. El lenguaje corporal, el físico, el timbre de voz, cada detalle nos empuja de manera absoluta a presenciar una reencarnación del legendario Sly. Ippolito entrega una actuación con la fuerza para trascender en el tiempo. P.J. Byrne es Irwin Winkler y Toby Kebbell es Robert Chartoff, los productores que dieron vida a Rocky. Ambos actores también son brillantes y funcionan por momentos como el desahogo cómico de la película. El elenco central lo completa otro tridente: AnnaSophia Robb, como Sasha, la esposa de Stallone, Tracy Letts, que hace de la figura del ejecutivo del estudio, y Jay Duplas, que interpreta al director John G. Avildsen. Ese elenco funciona con un balance perfecto acentuado por los aportes precisos de los roles de reparto.
En I Play Rocky, Hollywood se mira a sí mismo sin complejos. No se avergüenza de sus fallas, las expone y se burla de ellas y hace autocrítica. Vemos el lado oscuro del negocio y comprendemos que ese juego no es justo. Pero siempre hay un Rocky, uno que nada contra la corriente y no muere en el intento. Farrelly, que tiene en su ADN la comedia, encuentra en ese tono ligero la forma de componer un drama biográfico serio con un ritmo ágil y con muchos momentos de humor muy bien llevados. El guion de Peter Gamble está cargado de frases ingeniosas que pegan con fuerza sin dejar de ser sutiles. El filme encuentra la manera perfecta de entregar chistes cortos que mueven la historia con gran fluidez.
I Play Rocky es una película complaciente, que abraza la fórmula y convierte ese proceso en una celebración del cine y de una de las grandes leyendas que ayudaron a forjar esa máquina de sueños. No cuestiona el mito, lo aplaude y lo levanta como un premio. En ese proceso encuentra la forma de hablarnos de frente y movernos a una reflexión sobre la vida, sobre esa búsqueda constante que es innata del ser humano. Se aferra a la perseverancia como única herramienta ante la adversidad y encuentra en este recurso narrativo el aire fresco para construir una película sumamente entretenida, que sabe cuándo reír, cuándo emocionar y cuándo dejarse llevar por la fuerza de su propia historia. Y cuando llega el final, Farrelly entiende que algunas historias solo pueden terminar de una manera. Como diría V en V for Vendetta: “El mejor de los finales. El tipo de final que solo el celuloide puede entregar”.




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